"Defender la alegría como un principio... defender la alegría como una bandera... defender la alegría como un destino... defender la alegría como una certeza... defender la alegría como un derecho" (Mario Benedetti)
Hoy voy a hacer una confesión: estoy enganchada al Apalabrados. Sí, sí, tal cual. Tengo varias partidas empezadas y juego tanto
con amigos como con desconocidos. Enganche total.
Pero el otro día pensaba, y espero que me perdonéis la
“frivolidad”, que el Apalabrados (y, de hecho, cualquier juego) es un poco como
la vida. Me explico: cuando empiezas la partida, te dan siete letras al azar y,
con ellas, tienes que hacer tu primera tirada. A veces, te tocan malas letras
y, otras veces, son muy buenas. En ocasiones, tiras tan rápido que no te das
cuenta de que, si hubieras pensado un poco más, podrías haber hecho una jugada
mejor. Otras veces, te desanimas por que no consigues hacer nada interesante. Pero,
de pronto, consigues poner una “z” en triple letra y en triple palabra y te da un subidón por que sumas
un montón de puntos. En cambio, en la siguiente tirada tienes sólo vocales y no
consigues más de cuatro o cinco.
¿No sucede algo así con la vida? Comienzas “la partida” con
una serie de habilidades que, de alguna forma, “te tocan”. Con ellas tienes
también diferentes oportunidades que puedes aprovechar o perder. A veces,
actúas muy rápido y te das cuenta de que hubieras tenido que pensar un poco más
antes de hacerlo. Otras veces, no sucede nada interesante y, en cambio, en
ocasiones la vida parece una fiesta.
Te toca lo que te toca. Tienes lo que tienes. Y tanto en la
vida como en el Apalabrados puedes quejarte por tu mala suerte o estar
agradecido e intentar sacar el máximo partido de lo que te ha tocado.
¿Y si nos tomamos la vida como un juego, dejamos de dramatizar y empezamos YA a divertirnos?
Algo que nos aterroriza: ser nadie. Y, por eso, hacemos lo
que sea para evitarlo. Hacemos concesiones, nos traicionamos, nos pisamos, engañamos
y nos autoengañamos, utilizamos caretas y disfraces, nos emparejamos (al menos, ser alguien para alguien), nos separamos (ese alguien ya no me considera alguien), salimos y entramos,
trepamos y escalamos, subimos y bajamos. Y todo para ser alguien.
La RAE dice que “alguien” es “persona de alguna importancia”,
a diferencia de “nadie” que es “persona insignificante”. Así pues, hay que ser
“alguien” y es urgente. La necesidad de ser alguien nos condiciona, nos
manipula, nos estresa pero, sin que nos demos cuenta, también nos recorta. Ser
alguien es separarse, ser nadie es unirse. "¿Cómo evitar que una gota de agua se seque? Arrojándola al
mar..." decía la maravillosa película Samsara.
Mi amiga Inma me
contaba el otro día que su maestro la vacía. Y me encantó la metáfora por que creo
que eso es lo que un buen maestro hace, vaciarte de ti mismo –o ayudarte a
intentarlo- para que puedas llenarte de algo mucho más grande, para que puedas
llenarte de Amor. Ser nadie para que puedas ser lo que verdaderamente eres.
"Podemos
modelar la arcilla en forma de vasija, pero es el espacio creado lo que le
otorga su valor. Podemos abrir puertas y ventanas en una casa, pero es la
abertura lo que lleva la luz al interior. Podemos poner radios a una rueda,
pero es el eje lo que la hace útil. Por tanto, sé como el espacio en el centro,
sé Nada, de forma que puedas dar el Todo a otros", dice el Maestro Po. (Gracias a Sergio por descubrirme los
vídeos del pequeño saltamontes).
Así pues, esta
semana la buena noticia es que ser nadie es una buena, una muy buena noticia.
Mantén la mente despierta, abandona los resentimientos, las
preocupaciones y la tristeza, escribe lo que deseas realmente, sal siempre que
puedas, aprende a estar cómodo con tu cuerpo, da algo que valores para
agradecer lo afortunado que eres, disfruta de la vida, enorgullécete de tus
raíces, ilumina tu espíritu, acepta el doloroso pasado con desenfado (lo que no
te mata te hace más fuerte), modera tu vida y sé flexible…
Son algunos de los consejos que se pueden encontrar en el
libro “Happy. Secretos para la felicidad a través de las culturas del mundo” (Lonely Planet) que revela justamente eso: los secretos de la felicidad en diferentes países y
tradiciones. Para aprender a ser feliz en cualquier lugar del mundo. No está mal,
¿verdad?
El pasado sábado tuve la suerte de asistir al Fòrum
organizado por Fragmenta Editorial con motivo de su quinto aniversario. Fue una
jornada enriquecedora en la que editores, autores y lectores pudieron
compartir, sobre todo, inquietudes espirituales. Sería complicado resumir aquí
las charlas a las que asistí o los pensamientos que éstas me sugirieron pero sí
que hay una idea que me gustaría comentar por la importancia que creo que
tiene. Una idea que apuntó Amador Vega cuando, citando a Mircea Eliade, dijo: “En
el siglo XX, lo sagrado se ha refugiado en las formas profanas”, y remató Lluís Duch al lanzar la pregunta “¿Cómo en lo visible está, de alguna manera,
presente lo invisible?” y terminar citando a Rilke: “Bienaventurados los que
saben que detrás de todos los lenguajes está lo inexpresable”.
“Cantar no es más sagrado que escuchar el murmullo de un
arroyo. Pasar las cuentas de un rosario no es más sagrado que simplemente
respirar, los hábitos religiosos no son más espirituales que la ropa de trabajo”
(Lao Tse), leí el otro día en Facebook.
“Estamos en un tiempo de síntesis”, decía Javier Melloni en
el Fòrum de Fragmenta, “un tiempo de sabiduría que exige una gran madurez por
parte de todos”. Y dicha madurez requiere que nos preguntemos cuál es el
alimento que nutre nuestro espíritu, cuánto tiempo le dedicamos, con quién lo
compartimos y a qué lo entregamos.
Un tiempo de sabiduría en el que es importante abrir los
ojos, las manos, el espíritu y el corazón. Un tiempo de sabiduría para
comprender e integrar cada vez más. Un tiempo que exige de nosotros compromiso
y sacralidad.
“Cada
paso que des en la tierra debe ser una plegaria.
La
fuerza de un alma pura y buena
está
en el corazón de cada persona
y crecerá como una semilla
cuando
camines de forma sagrada.
Y si
cada paso que das es una plegaria,
entonces
caminarás siempre de forma sagrada.”
(Joseph
Bruchac: La sabiduría del indio americano,
Olañeta)
“No creas que por que
meditas silenciosamente, estás clarificando tu mente. La claridad de la mente
no se alcanza con sólo huir del mundo. Cuando honres a tus padres, ames a tus
hijos, ayudes a tus hermanos, seas leal con tus amigos, cuides a tu pareja con
devoción, trabajes con alegría y asumas tus responsabilidades; cuando
practiques la virtud sin exigirla primero a los otros; cuando, aunque
comprendas las verdades supremas, mantengas una forma ordinaria de proceder,
entonces -y sólo entonces- habrá claridad en tu mente y sabrás que tu forma de
meditar es la correcta”. (Lao Tse)
Un gran sabio me dijo hace años que, aunque la montaña es
una, existen múltiples senderos para alcanzar su cima. Descubrir lo sagrado en
lo profano, sacralizar cada uno de tus pasos, tal vez no hará que asciendas más
rápido pero sí que el camino sea mucho –MUCHO- más luminoso.
(La
imagen me la ha prestado Inés, de su colección de hadas…)
Ayer estaba viendo una de esas películas románticas y cursis
que –para qué nos vamos a engañar- me encantan, y ya casi me caía la lagrimita
cuando se planteó una pregunta que siempre me ha motivado: “¿y si?”.
Una pregunta que supone el inicio de cualquier aventura… ¿y
si?
¿Y
si lo intentas y sale bien?
¿Y
si lo dices y te responden igual?
¿Y
si apuestas y ganas?
A veces, no actuamos por miedo al “si no”. Pero, en realidad…
¿qué pasa “si no”? La buena noticia es que tampoco pasa nada. Aprendes (o no) y
sigues adelante.
Pero…
¿y si lo intentas y tu sueño se hace realidad?
Bruna me envió (mil gracias) el otro día el vídeo perfecto
para esta entrada. Ahí va...
Gracias a mi compañero David, el jueves pasado proyectamos en Altaïr un documental que me impactó: “Los olvidados de los olvidados”, la historia de un hombre que, un día, se preguntó: ¿Qué es lo que yo puedo aportar? Y, a partir de ese día, Grégoire Ahongbonon, de profesión mecánico, decidió dedicarse a una misión: rescatar, curar y reinsertar en la sociedad a aquellos que padecen enfermedades mentales en África, muchos de ellos, encadenados -y no es un eufemismo- de por vida. El documental es realmente sobrecogedor pero pone en evidencia algo muy importante: el esfuerzo, la constancia –y la fe- de un solo hombre puede cambiar las cosas para muchos de los que le rodean. Hoy, Grégoire Ahongbonon se ha convertido en un caso de estudio para los psiquiatras occidentales que “alucinan” con la forma en que, con “su método”, consigue tan buenos resultados.
¿Te has preguntado qué podrías hacer tú con tu esfuerzo, tu constancia -y tu fe-? Desde el jueves –o tal vez desde mucho antes- yo me lo estoy preguntando. A veces me enfado conmigo misma. Me enfado porque me quedo atascada en mis pequeñas miserias y me olvido de que el mundo es grande y de que hay muchas personas que podrían necesitar, por ejemplo, mi sonrisa. Luego me reconcilio. Porque recuerdo que enfadarse no sirve para nada y decido que si Grégoire Ahongbonon está cambiando el mundo para cientos de personas, quizás yo también tengo algo que aportar a algunos de los que me rodean. Y eso es también una muy buena noticia. Sólo hace falta ponerse en marcha, empezar a caminar...
Necesitamos gente que tenga ilusión. Necesitamos gente que se atreva a luchar. Necesitamos gente que no se dé por vencida. Gente alegre, que baile, que cante, que comparta. Gente que quiera ser feliz. Necesitamos soñadores.
Por que, a veces, el mundo parece hostil, el camino se hace cuesta arriba y los fantasmas (internos o externos) nos atropellan. Siempre son necesarios pero es, en estos momentos, cuando los soñadores son indispensables.
Hace ya un tiempo descubrí una web que me encantó, La Tierra de los Sueños, un magnífico lugar donde tienen cabida los sueños de todos y donde nos cuentan historias de personas que han hecho realidad los suyos o están camino de hacerlo. No os podéis perder su página. Entre otras muchas historias interesantes, allí encontré este precioso vídeo, titulado “Vendedor de sueños”.
Es importante soñar. Es imprescindible tener sueños. Como dice Eduardo Galeano, “el derecho de soñar no figura entre los 30 derechos humanos proclamados por las Naciones Unidas pero si no fuera por él, por el derecho de soñar y por las aguas que da de beber, los demás derechos se morirían de sed”.
Y, para terminar, quiero compartir la historia de Emmanuel Kelly que soñaba con ser cantante profesional y cuya vida es un ejemplo de superación que me emociona cada vez que vuelvo a escucharla.
La buena noticia es que los soñadores somos muchos. “Puedes decir que soy un soñador, pero no soy el único. Espero que algún día te unas a nosotros y el mundo vivirá como uno solo”. Necesitamos soñadores, sí. Y necesitamos estar unidos.
A causa de una conversación que tuve esta semana y después de que cayera en mis manos, justamente esta semana, una frase de Samuel Beckett sobre el tema, llevo varios días pensando acerca del fracaso.
“Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”, dice Beckett. La cita me encantó y empecé a preguntarme: ¿existe realmente el fracaso?, ¿qué es el fracaso?
Según la RAE, es el “resultado adverso de una empresa o negocio, la caída o ruina de algo, un suceso lastimoso”. Siendo así, yo podría decir que he pasado por muchos -muchísimos- fracasos en mi vida. Fracasos laborales, escolares, fracasos en la amistad, fracasos -¡cómo no!- en el amor…
Pero dándole vueltas al tema, resulta que no estoy muy convencida de que todo eso hayan sido realmente fracasos. Y, entonces, sigo preguntándome, ¿qué es realmente un fracaso? O, ¿qué es, para mí, fracasar?
Yo creo que fracasar es quedarse aterrorizado cuando las cosas no salieron como esperabas, esconderse, asustarse, dejar de intentarlo. Por miedo, por orgullo, por negligencia. Eso es, para mí, fracasar. Dejar de luchar por tus sueños, conformarte con menos de lo que te mereces, resignarte, rendirte. Eso es el fracaso. Todo lo demás son intentos, más o menos brillantes, por alcanzar el infinito. ¿Que un intento no salió como esperabas? Insiste, insiste y sigue insistiendo. Si tus sueños, si lo que buscas alcanzar está al nivel de tu corazón, por mucho que te pierdas en el camino, por muchas caídas, por muchos tropiezos, acabarás llegando a casa. Así pues, no te rindas. Sabes que no hay fracaso… sigue adelante.
El otro día recibí un mail de mi amiga Enriqueta (¡¡mil gracias!!) que contenía una imagen, una pregunta y una reflexión. La imagen era la que acompaña esta entrada, la pregunta era “¿Qué ves?” y la reflexión analizaba las diferentes posibilidades de respuestas ante dicha pregunta. Habrá quien vea antes que nada un cielo tormentoso, quizás un sol resplandeciente, un camino laaaaargo, la hierba seca, los árboles verdes…
La imagen y la pregunta me hicieron reflexionar y darme cuenta de que, en realidad, como dice el Talmud, “no vemos las cosas como son sino que las vemos como nosotros somos.”
¿Por qué una misma tarde de tormenta a unos les encanta y a otros les deprime? Es más, ¿por qué una misma tarde de tormenta, a veces, me encanta y, otras veces, me deprime? No tiene nada que ver con la tormenta, sólo tiene que ver conmigo, con mi estado de ánimo, con mis pensamientos sobre ella. Y así sucede con todo. Por lo tanto, a partir de ahora, cuando una situación te moleste, cuando te enfades con alguien, cuando lo encuentres todo horrible… y también, claro, cuando te sientas feliz, cuando todos te caigan bien, cuando veas la vida de color rosa… pregúntate, ¿qué hay en tu interior que hace que ésta, y no otra, sea –hoy- tu realidad?
En la entrada número 300 quiero regalaros un cuento que me envió Carmen (¡¡Mil gracias!!) hace unos meses. Se titula “El hombre de la flor” y va dedicado a todos aquellos que deciden encontrar luz en la oscuridad, pintar de colores la vida cuando todo parece gris y cantar, reír y bailar aunque llueva, truene o caigan “chuzos de punta” (tanto fuera como dentro).
El hombre de la flor es un viejito encantador con una misión personal: pintar la vida de colores. Y, así, viaja de pueblo en pueblo con su pequeña maleta llena de flores, escoge una casa en ruinas, la pinta y empieza repartir la enorme alegría que guarda en su corazón.
Porque el hombre de la flor conoce un secreto. El hombre de la flor sabe que la felicidad es una elección, una decisión personal. Y nos recuerda que, cuando se comparte, la felicidad crece, se multiplica, se expande y puede llegar incluso a hacer milagros, a transformar un pueblo gris en un oasis de color.
“Sed felices”, dice alguien a quien aprecio muchísimo, “al menos, sed felices”.
Utagawa Kunisada: "Retrato póstumo a la memoria de Hiroshige"
Érase una vez un gran samurái que vivía cerca de Tokio. Aunque era anciano, se dedicaba a enseñar el arte del zen a los jóvenes y, a pesar de su edad, corría la leyenda de que era capaz de vencer a cualquier adversario.
Cierta tarde, un guerrero conocido por su total falta de escrúpulos apareció por allí. Quería derrotar al samurái para aumentar su fama. En cuanto el anciano aceptó el desafío, el joven comenzó a insultarlo, pateó algunas piedras hacia él, escupió en su rostro, gritó insultos, ofendió a sus ancestros, etc… Durante horas hizo todo para provocarlo, pero el anciano permaneció impasible. Al final del día, sintiéndose ya exhausto y humillado, el guerrero se retiró.
Poco después, sus sorprendidos alumnos preguntaron al maestro cómo pudo soportar tanta indignación.
Su respuesta fue: “Si alguien llega hasta ustedes con un presente, y ustedes no lo aceptan, ¿a quién pertenece el presente?”
- “A quien intentó entregarlo”, respondió uno de los discípulos.
- “Lo mismo vale para la injuria, la rabia, la calumnia y los insultos. Cuando no son aceptados, continúan perteneciendo a quien los traía consigo”, finalizó el maestro.
Tu paz interior depende exclusivamente de ti.
Nadie puede quitarte la calma, a menos que tú lo permitas.
Alocución de Federico García Lorca al pueblo de Fuente Vaqueros (Granada) en septiembre de 1931:
"Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. «Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre», piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión. "Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada." No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social. "Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?"¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: «¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!». Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida." Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: «Cultura». Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz".